«Todos somos participantes de la representación, igual que todo el edificio teatral, los creadores y el personal técnico: no hay ‘fuera’; aquí todo está dentro.»
Harag Georgia Theatre
CONCEPTO
¿Qué ocurre cuando la obediencia deja de ser una estrategia y se convierte en la única respuesta posible? La familia Tót vive en algún lugar del Banato. Su único hijo está en el frente, en plena Segunda Guerra Mundial. A sugerencia del chico, un mayor con crisis nerviosa llega a casa de la familia para recuperarse. Los padres y la hermana reciben al oficial como si el destino de su hijo dependiera exclusivamente de su hospitalidad: caminan de puntillas, se amoldan a cada capricho, aunque ya ni siquiera es seguro que el hijo y el mayor sigan luchando en el mismo bando.
En la puesta en escena de Horváth Hunor para el Teatro Estatal Húngaro «Csiky Gergely» de Timișoara (2026), la acción se desplaza del pequeño pueblo montañés del texto original de Örkény István al Banato, un territorio de frontera donde la lengua del poder ya no coincide con la de la comunidad. El mayor habla rumano; la familia, húngaro. Esta fractura lingüística amplifica la tensión entre sumisión y dignidad, entre lo íntimo y lo institucional.
El espectáculo se despliega como un acontecimiento total: cuatro horas en las que música electrónica y folclore, videoarte en vivo, coreografía butoh y un diseño escenográfico de cajas de cartón y arena construyen un universo donde el absurdo crece hasta devorar la normalidad. El butoh no es aquí un elemento decorativo ni un estilo de movimiento: es la dramaturgia del cuerpo que corre en paralelo a la del texto — una partitura física completa que recorre los tres actos y hace visible, en la carne de los intérpretes, lo que las palabras no pueden nombrar. Ni drama histórico ni parodia: un memento de humor negro sobre cómo las pequeñas grietas terminan por desmoronar familias, comunidades y la propia condición humana.
PROCESO
Mi trabajo en Tóték no se limita a una coreografía puntual: es una dramaturgia del cuerpo que atraviesa los tres actos del espectáculo, en colaboración con Baczó Tünde, Melles Endre y Ádám Julcsi.
Todo el elenco recibió formación en butoh como parte del proceso de creación. Este entrenamiento no buscaba que los actores bailaran butoh, sino que encontraran en su cuerpo el registro de lo que sucede por debajo de los personajes.
El eje de la partitura es el cuerpo del hijo —Gyula, interpretado por Hajas Krisztián—, que durante las cuatro horas de función desciende centímetro a centímetro por una pasarela que une el escenario con el fondo de la sala. Diez metros en cuatro horas: una caminata fuera del tiempo humano. Pero este cuerpo no solo avanza — se descompone. La coreografía se organiza en capítulos propios que corren en paralelo a la acción dramática: descomposición en el campo de batalla, donde la asimetría del cuerpo nunca descansa; espasmos que honran a los cuarenta mil soldados caídos; la aparición y desaparición de ojos y bocas como flores que se abren una sola noche. Cada capítulo tiene su propia técnica, su propia intensidad, su propia relación con lo que ocurre en el escenario.
El butoh opera también en las escenas creadas para la cámara: imágenes que hacen visible la ponzoña que el sistema opresivo va extendiendo por la familia y sus relaciones. Manos que atraviesan paredes, ojos que perforan el alma de los personajes, cuerpos que se deforman en los bastidores y aparecen proyectados sobre la escena.
A medida que avanza la obra, el mundo abstracto y hostil del mayor invade la vida privada de los Tót — entra en su casa, entra en sus relaciones. EL submundo mostrado en los vídeos poco a poco invade la realidad de los personajes. Los personajes van perdiendo su humanidad: sus cuerpos se vuelven más butoh, las energías destructoras de la opresión campan a sus anchas en cuerpos que ya no se pertenecen. La fabricación obsesiva de cajas, los desplazamientos de grupo, la uniformidad de los gestos sometidos — todo crece desde un movimiento mínimo hasta ocupar la escena entera al final del espectáculo.



SINOPSIS
Una familia recibe a un militar en su hogar. Lo que comienza como hospitalidad se convierte en servidumbre: callar al claxon, detener la respiración del cartero, suprimir el ladrido del perro, fabricar cajas sin pausa. El mayor dispara al reloj —detiene el tiempo— y todo empieza a funcionar bajo una lógica que ni es razón ni es locura: es obediencia convertida en costumbre.
Los muertos caen en el frente. Las cartas llegan censuradas, retrasadas o rotas. El cartero, en su bondad torpe, decide qué debe saber la familia y qué no. Ni la esperanza ni el miedo dirigen ya las acciones: solo la inercia de un mundo que ha aceptado su propia desintegración.
¿Cuándo dejó de ser una elección? El hijo desciende hacia la muerte mientras la familia fabrica cajas para el hombre que quizás ya no pueda salvarlo. Al final, la grieta en el revoque se ha extendido tanto que ya no queda pared.
ESTRUCTURA
El espectáculo se organiza en dos partes con un intervalo. La primera establece el mundo de los Tót y la llegada del mayor, construyendo la sumisión de forma progresiva. La segunda explora el paroxismo del absurdo hasta un giro final inesperado. A lo largo de las cuatro horas, capas simultáneas operan en paralelo: la acción en vivo, las proyecciones de vídeo sobre las paredes de cartón, la presencia-descenso del hijo en la pasarela, la música que oscila entre lo folclórico y lo electrónico, y un equipo de cámaras que filma tanto la escena como los bastidores, disolviendo la frontera entre lo visible y lo oculto.
NOTA DEL ARTISTA
Trabajar en Tóték significó llevar el butoh a un territorio que no es el habitual: una producción teatral de gran formato con un elenco numeroso. El reto no era imponer un lenguaje, sino infiltrarlo — que el butoh funcionara como la propia ponzoña que cuenta la obra. Entrenar a todo el elenco fue clave: no para que bailaran, sino para que sus cuerpos pudieran registrar la transformación que el texto narra con palabras.
Con Hajas Krisztián construimos una partitura de tres actos dentro de los dos actos de la obra: cada capítulo con su técnica, su intensidad, su forma de dialogar con lo que ocurre en el escenario. Diez metros de pasarela en cuatro horas. El cuerpo descomponiéndose a una velocidad que solo se percibe observando desde el vacío — como la descomposición real.
Descubrí que el butoh no necesita un escenario propio para hacer lo que hace: habitar el tiempo, infiltrarse en la materia y hacer visible lo que se pudre por debajo.
GALERÍA
FICHA ARTÍSTICA
- Clasificación: Teatro / Adaptación multidisciplinar
- Texto: Örkény István — Tóték (La Familia Tót)
- Estreno: 2026
- Duración: Aprox. 240 minutos (con intermedio)
- Calificación: +14
- Compañía: Teatrul Maghiar de Stat «Csiky Gergely», Timișoara
- Dirección: Horváth Hunor
- Dramaturgia: Orbán Enikő
- Escenografía: Golicza Előd
- Vestuario: Andreea Săndulescu
- Coreografía butoh: Matilde J. Ciria, Baczó Tünde
- Movimiento escénico: Melles Endre, Ádám Julcsi
- Música original: Cári Tibor, Tamás Kolozsi
- Coordinación musical: Tamás Kolozsi
- Repetición musical: Pál Petra
- Diseño de iluminación: Nichita Teodorescu
- Diseño de vídeo y mapping: Dan Basu, Ilinca Popescu
- Dirección de film: Laura Brumă
- Soundscapes: DJ K-Lu
- Diseño de sonido: Kupán Zsolt
- Apuntadora: Czumbil Marika
- Dirección de escena: Bálint Előd
Reparto: Tót Lajos — Mátyás Zsolt Imre · Tót Mariska — Borbély Bartis Emília · Tót Ágika — Lőrincz Rita · El Mayor — Bandi András Zsolt · Cartero Gyuri — Balázs Attila · Profesor — Molnos András Csaba · Párroco — Kocsárdi Levente · Gizi Gézáné — Tar Mónika · El pocero — Tar Erik · Lőrincke — András Gedeon · Vecinas / Operadoras — Foltányi Edina, Karsai Dóra, Vincze Erika · Narradora (Örkény) — Tóth D. Zsófia · El hijo, Gyula — Hajas Krisztián · Vecino — Simonfi-Harkay Sándor · Niña — Molnos Abigél





















