creo

El entrenamiento y la investigación a los que me dedico con placer y determinación encuentran su manifestación última en las creaciones escénicas. Sin llegar a ser como hijos, encuentro cierto paralelismo al ver como pedazos de mí toman forma y cobran vida propia.

Comienzo con preguntas. Preguntas que no me dejan dormir, que me gustan, que me generan ansiedad, que me tranquilizan, que me repulsan, preguntas de las que conozco ya la respuesta o preguntas a las que no puedo responder. Preguntar y preguntar hasta que las respuestas tiemblen en el subconsciente, ese es el momento perfecto para dar forma a un trabajo.

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Cada proceso de creación presenta un desafío singular. Hay que llevar a cabo un elaborado trabajo de artesanía único para modelar el tiempo y el espacio, la luz y el sonido, las emociones y los pensamientos en base a las pulsiones misteriosas que empujan la creatividad. Hago lo posible para armonizar los diferentes agentes que actúan en el acto escénico con fidelidad al objetivo de la pieza. Intento encontrar el encapsulado ideal para que las respuestas puedan brotar en las personas que entran en contacto con cada pieza.

El escenario es un territorio salvaje, la mente que juzga se encuentra por todas partes, al acecho, esperando una presa fácil en la que descargar la miseria acumulada en la realidad cotidiana. Esto mismo hace del acontecimiento un evento mágico. Cuando nos encontramos con una pieza que consigue superar la fase del juicio, y permear en capas más profundas, se abre un mundo de maravilla a través del cual podemos soñar conscientemente, soñar colectivamente. No necesito que mi trabajo guste, solo quiero que mi trabajo permita, a más de una persona, dar espacio para nuevas respuestas.

El mayor desafío en la creación, es el tiempo. Pocas piezas he conseguido estrenar que hayan podido madurar en el útero de las salas de ensayo el tiempo suficiente. La falta de medios me lleva a empujar fetos a una realidad que no da tregua. En el momento del estreno, mientras la adrenalina corre libremente por todas las venas, la pieza respira sola por primera vez, sin vuelta atrás. El feto se retuerce entre convulsiones con una fuerza inusitada, que solo puede dar el acto de nacer, para enfrentar la realidad salvaje del juicio. En contra de lo que se pueda entender, las artes vivas no pueden alcanzar el desarrollo total antes del estreno, aunque dispusiéramos de tiempo ilimitado. Ninguna pieza estará preparada para su estreno y ahí radica la gran dificultad, discernir si el desarrollo es suficiente.

A partir de aquí toma propiedad de si misma. Ya no es mía, yo soy suyo. A partir de este momento la pieza crece y se desarrolla y soy yo el que debe aprender a escuchar y potenciar esa evolución. Comienza un nuevo diálogo con la entidad emancipada fruto del proceso creativo. Es en este diálogo que la pieza comienza a responder a las preguntas que hemos formulado. Un proceso que puede alargarse en el tiempo, pues no siempre estoy preparado para escuchar las respuestas.